Aurora tiró de su mano para llevarle al fondo de la estancia. Fueron pegados a la pared, en paralelo a los escritores agradecidos, aburridos frente a su portátil, los cuales ni siquiera su novedosa presencia les sacó de su pasividad. Aurora saludó con la mano a un par de mujeres al pasar junto a ellas y le contestaron con un leve movimiento de cabeza.
— Mira por aquí -dijo la vecina de Lauro señalándole una ventanilla casi a ras del suelo.
Estaban al fondo de la construcción prefabricada, justo tras la última fila donde se sentaban los desganados escritores. Él se agachó y pegó su nariz a la pequeña ventana. En un sótano se hacinaban cientos y cientos de fardos muy prensados. Le costó adivinar que el material prensado eran restos humanos. Cabezas, piernas, brazos, troncos, estrujados y sanguinolentos, se agolpaban embalados y cubiertos por un film plástico. Había un par de operarios que movían los fardos en pales subidos a unas carretillas elevadoras.
Lauro se volvió hacia Aurora con el rostro desencajado.
— Tenemos que largarnos de aquí cuanto antes -advirtió con un deje de pánico- Estamos en manos de unos locos de atar.
Ella sonrió y le puso las manos sobre los hombros ofreciéndole calma.
— Vamos, Lauro, no exageres. ¿Cómo puedes pensar eso de los Llunell? Esos, esos que ves ahí abajo son unos idiotas que se lo tienen bien merecido. No me digas que no. ¿Quién no desea ser famoso? ¿Quién no participaría en algo que le sacará de su rutina y le hará inmortal? Las generaciones futuras nos recordarán, Lauro. ¿O es que estabas tan bien escribiendo una novela que no escribías, aburrido como un hongo? Y yo ¿qué? Una viuda muerta de asco, limpia que te limpia la casa y cocinando todos los días con sus noches, cuyo único objetivo era que te fijaras en ella y de la que tú pasabas como de comer mierda. Vamos, reacciona, no seas injusto con esto que nos cambiará la vida para siempre.
Lauro, atónito con lo que escuchaba, no reconocía a su vecina. Necesitó unos segundos para contradecir todos sus argumentos, pero cuando se disponía a hablar sintió la presencia de alguien a sus espaldas. Un par de vigilantes les escudriñaban ceñudos.
— Por favor, señores, vuelvan a su puestos asignados.- les dijo uno de ellos, señalándoles el núcleo de las mesas.
Les acompañaron hasta que cada uno se colocó en el sitio en el que estaban quince minutos antes.
Aurora despidió a Lauro guiñándole un ojo antes de sentarse en la mesa frente al portátil.
Hazan había terminado su alocución y el resto se arremolinaba en torno a él. Lauro se puso junto a Álvaro para decirle en voz baja que necesitaba urgentemente hablar con él.
— ¿Te parece bien que te enseñe el huerto de la familia? -le contestó el joven de buen talante- Allí podremos hablar de lo que quieras contemplando esos damasquillos que dan esos excelentes frutos para hacer la compota. ¿No se te hace la boca agua?
Le cogió del brazo y dejaron a los demás en torno al licenciado. Salieron del vallado de las casas prefabricadas y tomaron un sendero jalonado por unas vasijas, recortadas por su mitad, que algún día contuvieron flores y en la actualidad amasijos de flores secas.
— ¿Por qué me elegiste a mí para la Fundación? -le preguntó Lauro urgido y sin más rodeos.
Álvaro hizo una mueca chistosa.
— Lo cierto es que fue la casualidad -contestó insistiendo en el gesto- Sí, puro azar. Fui a tu barrio porque captamos allí a un posible escritor, como tú ahora mismo. Pero decidió escapar una noche y tuve que ir a buscarle. Nos ocurre a menudo. Se resistió y llegamos a las manos como os conté, aunque os lo relatase de otra forma. Tenemos que ser muy precavidos y no podemos permitir que se sepa públicamente lo que hace la Fundación, sería demasiado goloso que fuese vox populi. Ya sabes que hay personas muy malintencionadas.
— Entonces os le cargasteis -dijo Lauro deteniéndose y buscando la mirada del joven- Seguro que era ese tipo que estaba en el maletero del coche. Tuviste que traer a Doru para que le “convenciera”, ¿eh? Eso es lo que hacéis con esos desagradecidos:apilarlos muertos en pales. Estáis todos locos, Álvaro.
Estaban muy cerca de la entrada del huerto. Un arco de piedra, medio derruido, hacía de antesala a un cercado atiborrado de malashierbas. Se elevaban cuatro árboles frutales unos cinco o seis metros del suelo rodeados de unas plantaciones en estado lamentable. Había un hombre viejo, junto a una carretilla de madera, escarbando la tierra con una azadilla.
— No nos juzgues de esa manera, Lauro -dijo el joven buscando ser solemne- Comprendo que pueda parecerte algo extraña la praxis de la Fundación y que el engreído de Hazan te parezca un fantoche, aunque te aseguro que es una eminencia literaria, pero todo lo que ves y hayas escuchado no es más que el empeño altruista de una familia que cree ciegamente en el arte.
— Quiero marcharme de aquí y cuanto más pronto mejor.
Lauro se giró e hizo intención de dirigirse hasta la puerta de salida de la casona, pero Álvaro le sujetó con nervio.
— Te he dicho que nadie puede largarse de aquí una vez que entra. No vayas por ese camino, será mucho peor para ti…..señor García.
Forcejearon unos segundos hasta que aparecieron en la lejanía Arnau Llunell al que le acompañaba Doru, el chófer. Venían a su encuentro por lo que dejaron la disputa. Se quedaron en silencio hasta que llegaron a ellos.
— ¿Qué os pasaba? -dijo el patriarca buscando el refrendo del chófer- Parecía que discutíais o daba la impresión desde lejos.
Doru escudriñó de forma siniestra a Lauro.
— No te preocupes, padre, disputábamos por un malentendido, pero todo ha quedado aclarado. ¿No es así, señor García?
Lauro se encogió de hombros y posó sus ojos en el suelo conteniendo su indignación.
— Os propongo que vayamos al despacho de Roberto y, después de una buena taza de café caliente, formalicemos la situación del señor García.
Dijo autoritario Llunell dándose media vuelta.
— Íbamos a ver el huerto, padre. Será una visita…..
— ¡Déjate de huertos y vayamos a lo importante, cojones!
Añadió el patriarca con hosquedad.
Doru se colocó tras Lauro. Sentía su hostilidad empujándole entre los otros dos hombres.
El día se estaba encapotando, los rayos del sol iban perdiendo intensidad entre la techumbre de la casona dejando paso a unos nubarrones oscuros. Caminaron los cuatro en completo silencio hacia la entrada en la que ya les esperaba impasible el viejo mayordomo.