Dentro del lujoso auto, mientras Doru conducía silencioso con gesto hosco, el joven seguía ensalzando la labor literaria de su padre y el futuro prometedor que le esperaba a Lauro. Le daba golpecitos amistosos en la pierna sin detener su perorata. Un olor dulzón, muy agradable, envolvía el interior del coche; la charla y la fragancia se mezclaban como en una historia de color rosa.
Oyó los golpes dos semáforos atrás. No le pareció prudente a Lauro comentar nada porque los otros dos parecían no escuchar nada. Procedían del maletero y se acrecentaban cuando el auto se detenía. Cuando se detuvieron en el último semáforo antes de incorporarse a la autovía de circunvalación, Lauro miró hacia la luneta de atrás intentando detener el monólogo del joven.
— No te preocupes. Doru ha tenido que rematar un asunto que dejamos a medias el día que acudí a vuestra casa. Peccata minuta.
Álvaro lo dijo quitándole importancia, agitando con gracia el mechón de pelo que, por fin, se había desembarazado de la gomina. Sonrió brevemente y siguió su discurso.
Al cabo de unos quince minutos abandonaron la autovía de circunvalación y tomaron la Carretera Nacional 1. Inmersos en la tarde, la niebla formaba bancos a ras de las zonas arboladas. Se veía algunos chalets aislados, con sus chimeneas vomitando humo gríseo, en urbanizaciones custodiadas por vigilantes de seguridad bien pertrechados.
— Ya estamos cerca -dijo Álvaro, señalando la lejanía- Tras aquellas cimas de la izquierda se encuentra la casa familiar y la Fundación Llunell.
— ¿Una fundación? -se sorprendió Lauro.
El conductor estornudó un par de veces con una fuerza descomunal.
Los dos le miraron en el reflejo del espejo retrovisor pero él siguió conduciendo inmutable.
— Sí, claro, no te he comentado nada. Es que, como aquel que dice, nos acabamos de conocer. Desconocemos casi todo de los dos, pero tiempo al tiempo.
Lauro cabeceó escudriñándole expectante.
— Bueno, es lo que te he ido contando anteriormente, pero, claro, concretado en una institución -añadió el joven moviendo con elocuencia sus manos- La Fundación Llunell da cabida a todos los artistas literarios que lo deseen. Todavía nos queda mucho camino por recorrer, sin embargo, la recepción hacia proyecto es más que satisfactoria. Todos los escritores que acoge la Fundación están tan agradecidos a mi padre que colaboran desinteresadamente en engrandecerla y darla a conocer, y no sólo en este país, sino a nivel europeo y mundial. Además del patrimonio Llunell, tenemos varios mecenas, enamorados de la labor literaria, además de una sustanciosa subvención del Ministerio de Cultura. Un sueño hecho realidad, Lauro, que ideó mi difunto abuelo Pere y que concretó mi padre. Mi hermano Roberto y yo, por supuesto, colaboramos a tiempo completo porque mi padre se ha preocupado de inculcarnos desde niños el amor hacia la literatura.
Se desviaron por un camino angosto, en paralelo a un bosque de árboles centenarios, con lo cual la tarde se hizo más oscura y neblinosa.
El coche se detuvo frente a una edificación de corte estalinista: una majestuosidad uniforme, funcional, sin riesgos arquitectónicos, que empapaba al recién llegado con una sensación gélida de oficialidad. La parte alta del vasto edificio estaba cubierta por una espesa niebla. Había un escueto jardín y una fuente con sus aguas empantanadas de verdín.
— Bienvenido a la casa de los Llunell, querido amigo Lauro.
El joven le mostraba, a unos metros, la puerta de entrada de la casona. Un anciano mayordomo abrió la puerta y les esperaba impertérrito.
En ese instante el golpeteo en el maletero se hizo persistente. Había alguien dentro del maletero.
— Por favor, Doru, haz que el desagradecido se calme de una jodida vez.
La voz de Álvaro, por vez primera, sonaba alterada. Intentó una mueca amable para con Lauro, pero no lo logró.
— ¿Tenéis a alguien en el maletero? -preguntó turbado Lauro viendo como el chófer se dirigía apresurado al portaequipajes.
Doru la emprendió a golpes sin contemplaciones con alguien que estaba amordazado y que se agitaba dentro del habitáculo. Trataba de defenderse moviendo inútilmente el cuerpo ante la descarga del chófer.
— ¡Esto es absurdo, Álvaro! -exclamó Lauro, haciendo ademán de ir hacia donde se encontraba el chófer- ¿Qué es lo que pasa aquí?
El joven le agarró del brazo con firmeza, primero, y luego, pasándole un brazo por el hombro, le llevó a un aparte.
— Llevo el coche al garaje, Álvaro. -con un acento extranjero, Doru se dirigió al joven con lo que le pareció a Lauro un exceso de confianza.
El joven le hizo una seña rápida con la mano y el chófer, acallado el hombre del maletero, se montó en el coche.
— ¿Recuerdas el problemilla que me llevó a vuestra casa? -comenzó Álvaro, con voz melosa y sin soltar a su oyente- Pues el principal ejecutor de la paliza es ese hombre que va en el maletero. Desagradecidos, querido Lauro, de-sa-gra-de-ci-dos. Y ese es el principal problema al que me enfrento día a día. Escritores, poetas o personas que desean serlo se cruzan en mi camino desagradecidos, cuando yo lo único que persigo es que sean felices desarrollando una profesión que, por alguna u otra razón, les parece vedada. Algunos, como es este caso, llegan a agredirte, a insultarte, a calumniarte, sólo por quererles ayudar. Increíble ¿verdad? Desagradecidos que llevan al extremo la ira de ser unos amargados que no hallan lugar en esta sociedad para su arte. Eso es muy peligroso, querido amigo, tanto que estas personas desagradecidas deben ser recluidas para su adaptabilidad. Deben rebajar su furor y nosotros debemos encauzarlos, si llega el caso, para que recuperen su vis artística. ¿Entiendes?
Con la cabeza baja, Lauro sopesaba lo que le decía el joven sin comprenderlo. No entendía esa violencia, esa necesidad imperiosa que parecía contener las palabras del joven.
Cuando entraron en la casona, tras el solemne saludo del mayordomo, un olor a polvo enranciado le hizo torcer la nariz al invitado. Si la arquitectura del edificio era la sobriedad personificada, el interior no le iba a la zaga. Algunos cuadros y blasones poblaban unas paredes sumidas en la penumbra, ya que la luz provenía de unas escuetas lámparas alojadas sobre unas mesitas de tapa marmórea. Los colosales ventanales, en concordancia en altura con los techos, estaban tapados por unos gruesos cortinajes de colores mustios.
Le condujo hasta una sala donde Aurora tomaba café o té junto a dos hombres trajeados al estilo de Álvaro. Se fijó que su vecina tenía el rostro serio, tal vez aburrido, y que tuvo un mohín de júbilo cuando los vio entrar.
— ¡Válgame Dios, me congratulo de que mi hijo le haya convencido, señor Luis García!
El padre, aún tratando de parecer cordial, tenía el gesto adusto de quien no sonríe muy a menudo y unas cejas pobladas que techaban una mirada intensa.
El intenso recibimiento del padre de Álvaro no le despistó que le había llamado por su nombre real. Desconcertado, le estrechó la mano a él y un hombre joven que escondía su mirada tímida tras unas gafas de pasta.