— ¿Cómo sabía tu padre mi nombre auténtico?
Habían comido los dos solos en una estancia decorada con lienzos con bodegones sombríos que mostraban frutas y animales de caza listos para cocinarse. A Lauro le parecieron horrorosos y, por supuesto, demasiado redundantes. Estaban sentados en una mesa larga y rectangular con indicios evidentes de que los otros comensales, que les esperaban en la sala del café, comieron en ese mismo lugar.
— Te extrañó, ¿verdad? -contestó Álvaro con una sonrisa cautivadora- Mi padre, bueno, ya para ti el señor Arnau Llunell, es muy puntilloso, detallista en lo que se trata de un potencial escritor para la Fundación. Digamos que no quiere sorpresas y prefiere tener la certeza por entero; hombre pragmático de la vieja escuela, Lauro.
El joven distaba mucho de parecerse a aquel chico maltrecho que llamó a la puerta el domingo anterior. Pero no sólo físicamente, cosa obvia, sino su talante ahora se antojaba más seductor, contundente, seguro, sobre todo desde que entraron en la casona como si su aura le potenciara la persuasión. Daba por hecho que Lauro aceptaría pasar a formar parte de la Fundación sin que nada concreto hubieran hablado al respecto. ¿Por qué molestarse en indagar su nombre verdadero si podía decirles que no? Lauro, mientras degustaban una compota de albaricoque, elaborada con la fruta recogida del mismo huerto que poseía la casa, según le aseguró el joven, le daba vueltas a la cabeza al tiempo que escuchaba las palabras del joven. Algo extraño se respiraba en aquella mansión que no llegaba a comprender.
Pasaron a acompañar a los demás al tiempo que el viejo mayordomo entraba en la sala con una nutrida bandeja de licores.
— Su amiga le pide que la disculpe pero tuvo que marcharse -le dijo el señor Arnau ofreciéndole un sitio frente a ellos- He mandado a Doru que la lleve hasta su casa. Si le soy sincero, se la veía aburrida a la pobre.
Los cuatro se sentaron en torno a una mesa historiada y un enjambre de botellas con diferentes licores.
Mientras los tres miembros de la familia Llunell se decantaron por el coñac, Lauro prefirió un whisky.
—….Pero, si no es molestia, lo preferiría con hielo. -añadió.
Raudo el mayordomo salió a por la sugerencia.
La conversación la llevó el patriarca casi sin dar opción a ninguno de los otros. Habló de las excelencias de la familia, su historia, sus logros, sus proyectos. Arnau decía sin reparar en nadie, como si su alocución fuese un acto de concienzuda memoria donde nada ni nadie tenía voz ni voto. En ocasiones, para tomar aire, daba un sorbo a su copa y apuraba un habano rechupado que humeaba en un cenicero repujado que mostraba la cabeza y las alas de un águila. Roberto, el otro hijo, estaba engullido por el sillón escuchando cabizbajo a su padre, mientras que Álvaro, atento y asintiendo a todo lo que oía, se encontraba algo adelantado en el sillón con las manos enlazadas entre sus piernas.
Al final, el patriarca, llevó la conversación al punto de la Fundación Llunell. Dijo algo similar a cuando habló de la familia: alabanzas, conquistas y propósitos de futuro.
—…Para una aspiración altruista cuyo único y exclusivo fin es dotar a esta nación desnortada, mal gobernada, de la savia artística necesaria para afrontar el reto literario del siglo XXI.
— Lauro, bueno, digo el señor Luis García está en buena sintonía con la Fundación, padre. Parece que, nuevamente, tenemos una pieza espléndida para pulir. Como le dije, tiene proyectada una novela que cuenta, por el momento, con tres páginas.
Lauro quiso apuntar algo pero el patriarca le atajó dedicándole una ligera mirada reprobatoria.
— Hubiera sido una pérdida de tiempo que hubiera escrito más -dijo con desdén y con los ojos por encima de los tres- Como ya sabrá, la Fundación Llunell encauzara su novelita y la convertirá en meritoria literatura. Hay demasiados escritores, señor García, contando lo mismo una y otra vez. ¿No le parece? Definitivamente es innecesario.
Lauro fue mirando, uno por uno, a los integrantes de la familia. En realidad, no sabía que decir ante tamaña afirmación. Tampoco se sentía un escritor, tal y como se mostraban en público, y le parecía muy osada cualquier opinión sobre ellos. Pero aunque él no se metió en aquel lio, su vanidad le chistaba que aquella era una excelente oportunidad para llegar a ser eso por lo que dejó su empleo.
— No sé…. -dijo titubeante- A mi madre seguro que le encantaría que su hijo triunfara con una novela. Por desgracia no lo verá, pero me gustaría hacerlo en su memoria.
— Todos hemos sufrido pérdidas, estimado señor García. -dijo Arnau entrecerrando los párpados- Mi difunta esposa, madre de estos dos gandules descerebrados…
— ¡Padre, por favor! -exclamó Álvaro incorporándose.
El otro hermano se hundió más en el sillón soslayando a su padre por una esquina de sus gafas de pasta.
— ¡¡Gandules descerebrados!! -recalcó el patriarca irguiéndose en la butaca.
Álvaro volvió a sentarse y se recostó en el sillón con los ojos puestos en el altísimo techo.
— Mi difunta esposa, como le decía, falleció joven y fue precisamente su falta la que me condujo a empeñarme, aún más, en ensalzar el auténtico arte mediante la Fundación Llunell. Por ello, como muy bien ha dicho, señor García, la memoria de su madre bien merece que usted apunte a lo más alto en la literatura.
Lauro se sentía tan incómodo ante la tensa situación que se le ocurrió hacer una chanza de sí mismo.
— Y pensar que hace apenas unos días me sentía un botarate, un escritor frustrado con tres hojitas como atributo. ¡Las editoriales pugnaran por quitarle esta joya a la Fundación!
Su voz pareció resonar eternamente en la estancia. Los otros tres no movieron ni un músculo. Arnau apuraba la colilla de su habano mostrando su barriga sobresaliente estallando su chaleco. Los demás se ajustaron el nudo de la corbata y carraspearon de forma elegante.
— Ni que decir tiene -dijo el patriarca de súbito- que usted pernoctará en la casa, señor García. Cenaremos algo frugal y nos acostaremos temprano que es lo saludable.
Lauro intentó disculparse con alguna excusa ligera, pero Arnau, levantándose del sillón, volvió a truncar su intención con su tono sentencioso.
— No se hable más, mañana tempranito Álvaro y yo le mostraremos la maquinaria de la Fundación, amigo mío. -hizo una pausa antes de abandonar el cuarto para soslayar al arrugado Roberto y decirle en tono despectivo- Tú seguirás a lo tuyo que son las cuentas, como de costumbre.
Roberto hizo una especie de reverencia para asentir y se incorporó estirándose las mangas de la chaqueta con una vehemencia pueril.
"Albert, lleve a nuestro nuevo artista a una de las habitaciones de invitados", le dijo al mayordomo al pasar por su lado.
Álvaro, visiblemente atribulado, se quedó hundido su butaca.
— Sobre las nueve y media cenamos, Lauro. Es la misma habitación donde comimos.
Dijo escueto.