Un encuentro insospechado (Parte 5ª)

18 de febrero 2025

Al ver el aspecto de Lauro, con el mismo chándal de todos los días y el cabello revuelto, frunció la boca para alertarle de la hora que era

El sábado, poco antes de las trece horas, Aurora tocó el timbre de la puerta de Lauro. Lo hizo con insistencia, pulsando el botón varias veces seguidas. A ella parecía habérsele olvidado la negativa de él y apareció resplandeciente, embutida en su vestido nuevo y su abrigo beige con cuello de piel. Al ver el aspecto de Lauro, con el mismo chándal de todos los días y el cabello revuelto, frunció la boca para alertarle de la hora que era.

— No pensarás llegar allí a mesa puesta -dijo a modo de reproche suave- El aperitivo entre la gente elegante es imprescindible.

Lauro, tras estornudar un par de veces debido a la intensidad del perfume de ella, le volvió a repetir que no iría. Se lo dijo secamente, sin mirarle a la cara, apretándose las fosas nasales y haciendo ademán de cerrar la puerta.

— Pues yo sí voy a ir -añadió ella elevando la barbilla- Si no quieres darle futuro a tu novela y seguir encerrado en este zulo, allá tú, chaval. ¡Que te frían un paraguas!

Y se fue caminando erguida, moviendo la cintura con pujanza.

Cerró la puerta y se quedó quieto unos segundos. Hizo un gesto despreciativo y fue hasta la cocina para husmear en la nevera. Le hubiera gustado tomarse una cerveza pero el frigorífico tenía un aspecto penoso. Un par de piezas de fruta, comenzando a oxidarse, tres yogures y media botella de zumo de piña eran lo único que contenía. Le vino a la mente la lata de lentejas estofadas que reposaba en la alacena y le parecieron óptimas para comer. Ni siquiera había ido a comprar el pan, tendría que conformarse con unas cuantas rebanadas de pan de molde. Se sirvió un vaso de agua, que enfrió dejando correr el grifo, y fue a sentarse frente al monitor.

Tecleó siete u ocho frases y luego, paulatinamente, las fue eliminando. Observaba las líneas como si se tratase de un lienzo o el encaje de una perspectiva. Torcía el cuello, oscilándolo de izquierda a derecha del monitor, bajaba la cabeza hasta la mesa como si sopesara las letras, o se levantaba para mirarlas por encima de la pantalla. Cualquiera que le hubiese visto podría pensar en un contorsionista ejercitando algún número para su nuevo show. Pero a Lauro, a juzgar por la meticulosidad con que se empleaba, no le resultaba nada excéntrico su protocolo artístico. Incluso, en esos momentos en los que escribía y borraba, creaba y rectificaba, daba la sensación de estar en trance.

Fue el clamor de su estómago el que le sugirió las lentejas estofadas de la alacena. Se sorprendió de lo tarde que se le había hecho y fue raudo hasta la cocina.

Apenas llevaba el plato unos segundos girando en el microondas, cuando llamaron con estridencia a la puerta.

— ¡Vamos, Lauro, que te estamos esperando hambrientos! ¡Deja todo y vístete que nos vamos!

Álvaro, vestido con un elegante traje azul y una corbata granate, apareció con los brazos abiertos y una acogedora sonrisa. Tenía el cabello engominado y su mechón pegado a un lado de la cabeza.

Abrazó a Lauro de paso e irrumpió en la casa fijándose en el monitor.

— Vaya, te he pillado escribiendo -dijo alegre, yendo hacia la ubicación del pc.

Lauro, algo aturdido, se apresuró para dejar la pantalla en stand-by. Interrumpía el paso del recién llegado apoyándose con las palmas de las manos hacia atrás sobre la mesa. Hubo unos instantes de silencio mientras los dos se miraban.

— No iba a curiosear nada, Lauro. Aprecio mucho a quien escribe, tío.

Le aseguró, quitando hierro a la situación.

Lauro quiso disculparse, pero una imperiosa necesidad protectora sólo le hizo asentir y decir algo insustancial.

— Si he vuelto para buscarte es porque tengo la certeza de que tu novela merece algo más que estar encerrada en un ordenador. -Álvaro posaba sus ojos con dulzura midiendo sus palabras- Mi padre, al que le hablado mucho de ti y que está tan agradecido por la hospitalidad que me disteis, puede ayudarte, puede hacer que tu escrito sea leído por muchas personas y hasta llegue a la cima de la literatura. Claro que puede ser. ¿Por qué no, Lauro? Llevas años dedicándole todo tu tiempo y es de esperar que, con los maestros que has tenido a tu alrededor, -echó un vistazo a los libros que se amontonaban en la casa- sea una obra a tener en cuenta. Vamos, date esa oportunidad que mereces.

Lauro se fue dejando caer sobre la mesa del pc. Escuchaba sin querer hacerlo.

— Vete, por favor, Álvaro. No sabes de lo que hablas.

El timbre del stop del microondas sonó inconveniente.

— Mi padre es tu llave para ser auténticamente un escritor. Aquí, en soledad, rumiando tu pena no vas a conseguir nada excepto amargarte.

— ¿Escritor? No lo soy. ¡No lo soy, joder!

Lauro se levantó de súbito dando un empellón que hizo cabecear el monitor apagado.

— Vamos, tío, cámbiate de ropa y vente conmigo.

— ¡¿Sabes de cuantas hojas se compone mi novela?! -gritó fuera de sí Lauro. Su inquietud le hacía deambular por la estancia obviando la presencia del otro- ¡¡Tres páginas!! ¡¡¡Tres!!! No soy ningún escritor, soy un farsante que intentó serlo. ¡Esa es mi mentira y mi verdad! ¡Soy incapaz de escribir una línea que merezca la pena! ¡Soy un fraude!

Álvaro se acercó con una media sonrisa y una mirada convincente. Su rostro varonil irradiaba una empatía atractiva.

— Razón de más para que vengas a la comida, tío. ¿Crees que a quienes edita mi padre son verdaderos escritores? ¿Escritores como supone la gente?

Dio una carcajada sarcástica antes de detener el vagar de Lauro.

— Ven conmigo y te enseñaré cómo de tres putas páginas se puede hacer una novela fascinante. No es una trola que me invente, es una potente realidad. Mi padre te guiará y yo te apoyaré. Vamos, vístete.

Lauro le escudriñaba incrédulo, sin embargo, el joven, seguía exprimiendo su persuasión. Le sentó en una butaca y, viendo el libro que reposaba bajo la lámpara, le dijo sugestivo: “Mi padre puede hacerte que seas el Murakami español. Él sabe hacerlo, es su profesión, y es de los mejores, te lo aseguro. Alucinarías si te contara los muchos escritores famosos que han pasado por sus manos. ¡Venga, tío, es tu oportunidad!”

Le ayudó a encontrar la vestimenta adecuada dentro de su escueto armario y en quince minutos estaban los dos saliendo por la puerta. Ni se acordó Lauro de las lentejas estofadas que esperaban calientes en el microondas.

Un coche flamante de color negro les esperaba a la puerta de la casa. En cuanto salieron, un hombre fornido de aspecto extranjero les abrió la puerta del auto.

— Gracias, Doru.

Dijo Álvaro al hombretón.