Un encuentro insospechado (Parte 8ª)

11 de marzo 2025

Un camión irrumpió en su contemplación. Entró por la puerta principal de la mansión y se detuvo frente a la puerta de entrada del poblado de casitas prefabricadas

El mayordomo le llevó en silencio hasta el piso superior. Recorrieron una escalera de mármol cuyos escalones aparecían desgastados al extremo; un barniz negruzco se pintaba en su huella mellada. Había cuadros lúgubres con antepasados que miraban tristes una lejanía.

Cuando se quedó solo en su cuarto tuvo la impresión de que los acontecimientos ocurrían sin que su voluntad tuviera protagonismo. Se dejaba llevar porque lo que Álvaro y su padre le auguraban tenía buen aspecto. La Fundación Llunell le haría escritor por fin. Sin embargo, estaba por ver lo que él tendría que ofrecer. ¿Su talento? Dudaba de su talento después de años para sólo escribir tres míseras hojas. No, no sería eso. ¿Su tiempo? ¿Su futuro? ¿Toda su vida? ¿Qué?

Se dio una ducha rápida en el cuarto de baño alojado en la habitación. Tuvo que ponerse la misma ropa con la que llegó a la casona pero se lustró las deportivas con un poco de agua jabonosa.

El cuarto era tan parco y hacia tanto frío como el resto de la mansión. El vaho del aliento era una constante en aquella casa. Un espejo de marco recargado colgaba entre dos balcones tapados con visillos gruesos y toscos. La cama era estrecha de colchón duro y, sobre ella, encima de un cabecero de madera oscura, un crucifijo que a Lauro se le antojó de escaso valor, ya que se notaba a simple la materia plástica con la que estaba hecho.

Se acercó a uno de los balcones para escudriñar los alrededores de la mansión Llunell. La noche no impedía ver un poblado de casitas prefabricadas con paneles rojizos en su tejado. Había cuatro bloques de casitas haciendo calles e iluminados por una farolas de luz pajiza. El poblado estaba cercado por una malla de alambre y una puerta en la que se enclavaba la garita de un vigilante de seguridad. En ese momento, el vigilante charlaba con Doru, el chófer fornido que les condujo hasta la casona, al que reconoció por su cabeza pelada, en la misma puerta de entrada del poblado. Ya habría dejado en su casa a su vecina Aurora, se dijo Lauro, asistiendo a la conversación a distancia. Se acordaba de la expresión tediosa de su vecina cuando llegó con Álvaro. Se la veía aburrida, sí, pero ¿lo estaría tanto como para perderse el cotilleo de lo que iban a ofrecerle los Llunell? Conociéndola como la conocía le resultaba chocante. Tal vez su hartura tenía un límite y prefirió perderse la exclusiva, decidió pensar.

A la izquierda del poblado vio el huerto que le mencionó Álvaro cuando probaron la compota de albaricoque. Parecía dejado, con frutos desperdigados por el suelo y montoneras de tierra removida al albur de un trabajo poco profesional. Había clavadas en la tierra unas lamparitas led como fuegos fatuos de un primero de noviembre.

Un camión irrumpió en su contemplación. Entró por la puerta principal de la mansión y se detuvo frente a la puerta de entrada del poblado de casitas prefabricadas. El vigilante de seguridad y Doru entablaron una breve charla con el conductor hasta que le abrieron la valla de entrada al poblado. El conductor saludó a ambos tocando un par de veces el claxon para después perderse tras una de las casitas prefabricadas en la linde de la finca. Un auto de vigilancia iba tras el vehículo.

Lauro hizo un gesto de incomprensión y se retiró del balcón para recostarse sobre la cama. Deseaba conciliar pensamientos positivos, no dejarse llevar por el pesimismo que albergaba desde que dejó su trabajo y se dedicó por entero a su novela. Le vinieron a la mente las tres hojas escritas y se obstinó en no dejarse llevar por ellas. Debía de confiar en esta oportunidad que le brindaban los Llunell. No importaban los peros que le venían a la cabeza y que dudaban de la viabilidad del proyecto de la Fundación. No. No. Tenía que confiar y pensar en positivo. Positivo. Positivo. Positivo. Y así se durmió, imaginándose firmando libros en medio de una algarabía de fans y de portadas de revistas literarias aclamándole como el autor del año.

— ¡Lauro, Lauro, despierta, tío, que estamos esperándote para la cena!

La voz de Álvaro le sobresaltó.

En la mesa le esperaban el patriarca, con gesto contrariado, y su otro hijo, con las manos sobre la mesa y la mirada baja.

— La impuntualidad no es ajena a la falta de entusiasmo para las artes, señor García.

Le dijo con voz solemne Llunell.

Cenaron unas verduras hervidas y una escueta rodaja de merluza. Cena ligera como prometió el patriarca horas antes.

No hubo apenas conversación. Álvaro trató de quitarle seriedad a la cena contando unas experiencias disparatadas de un viaje suyo a Roma. Parece ser que se encontró en ese viaje a un poeta excéntrico que se ofreció a ser el director artístico de la Fundación Llunell con la condición indispensable de que todos los días pudiera comer en la mansión cocido maragato. "Es el manjar más exquisito que pueda probar el hombre", decía relamiéndose de antemano. Álvaro lo relató estallando en una carcajada al final, la cual contagió a Lauro.

— Ay, Álvaro, siempre con tus humoradas salidas de tono.-comentó el patriarca meneando la cabeza y mirándole de soslayo- Habrase visto mayor vulgaridad que mezclar ese cocido con la poesía. Pero tengo que reconocer que acertaste al no contar con ese poeta chabacano para la Fundación. ¡Detesto la ordinariez, señor García!

Concluyó dirigiéndose al invitado.

Se despidieron al pie de la escalera acordando el desayuno para las nueve de la mañana.

— Tenemos que mostrarle tantas cosas -dijo Llunell, tomando a Lauro ligeramente del brazo- Tiempo nos faltará, seguro, para que vea la maquinaria de la Fundación a pleno rendimiento.

Lauro apenas tenía sueño. Su improvisada siesta y la hora temprana de la noche, no eran ni las diez y media, no prometían la venida inminente de Morfeo.

Alguien le había colocado un pijama, pulcramente doblado, sobre la cama, así que se lo puso agradeciendo la franelilla de la prenda, debido a la inexistencia de calefacción. Como le ocurrió al entrar antes en el cuarto, su aliento emanaba fehaciente vaho. Acercó la descalzadora, el único asiento que había en la habitación, al balcón y, tras echarse la colcha de la cama por los hombros, se sentó a contemplar la noche. Todo irradiaba calma y silencio. ¿Cuál sería esa maquinaria que movía la Fundación?, se preguntó Lauro recordando las palabras del patriarca.